¿Realmente estamos educando para la vida?

La vida es pura emoción. Todo lo que hacemos, todo lo que experimentamos, está impregnado de ellas. Así, desde el instante en el que comenzamos a existir, nos movemos entre emociones muy distintas y de diversa intensidad.
Volviendo a ese día en el que llegamos a este mundo, el miedo de nuestra madre a que algo no salga bien, sobresale junto a su deseo y curiosidad por vernos, tocarnos, olernos… Y mientras tanto, nuestra familia nos espera con sorpresa, amor, alegría y preocupación. Sin duda, el nacimiento representa una coyuntura que refleja perfectamente la ambivalencia de la emocionalidad humana, tanto en sus formas como en sus potencias.A lo largo de la infancia experimentamos multitud de sensaciones y emociones, que afrontamos con mayor o menor éxito, según el caso, y que van configurando nuestro mundo interior, convirtiéndose en ese bagaje emocional que será el pilar de nuestro desarrollo afectivo durante la adolescencia.

Y ante esta realidad cabe preguntarse qué se está haciendo desde el mundo adulto por contribuir al desarrollo emocional de niños, niñas y adolescentes, teniendo en cuenta lo significativo que es. ¿Hasta dónde llega nuestra conciencia sobre la influencia de la emoción respecto de lo que pensamos, lo que hacemos o lo que somos? ¿Realmente, desde las escuelas, estamos educando para la vida?

Si buscamos una respuesta a estas cuestiones, desde la perspectiva de los centros educativos, nos encontraremos con que el sistema pedagógico parece estar exclusivamente proyectado hacia los resultados académicos, en clave de calificación. Consignas como “estudia más, estudia mucho” o “tienes que sacar buenas notas”, ponen de manifiesto dónde se está poniendo el acento. De este modo, para alcanzar ese objetivo de la máxima calificación posible, a lo largo del proceso formativo, la gran mayoría aprende a leer, escribir, calcular, memoriza fechas, acontecimientos, fórmulas, etc., pero dejando de lado otras cuestiones fundamentales para el desarrollo integral del ser.
Por eso, cada vez más, niños y niñas, pero sobre todo adolescentes, sienten que la escuela no les aporta nada útil o práctico para hacer frente a la diversidad de situaciones que viven en su día a día. Poco a poco sienten apagarse su propia voz, ensordecidas y ensordecidos por las exigencias de un mundo académico altamente competitivo, que se limita a darles respuestas ante preguntas que ni se han formulado. En este sentido, la educación reglada procura que el alumnado moldee su pensamiento y comportamiento bajo los encargos del orden social, en lugar de plantearles interrogantes para que desarrollen autocrítica, capacidad de análisis y opinión.
Pero vivimos en la era del conocimiento; una era que requiere de un nuevo tipo de educación. Una educación transformada y transformadora que rompa con los estándares. Una educación que tienda a personalizar las enseñanzas para que niños, niñas y adolescentes descubran y desarrollen sus talentos, cualidades y competencias, -tanto cognitivas, como sociales y emocionales-.

Decía Lao Tsé que educar consiste en encender un fuego latente. Y su reflexión destapa la necesidad de un nuevo paradigma educativo que tenga presente, y ponga en valor, todas las dimensiones del ser: pensamiento, comportamiento y sentimiento. Un nuevo paradigma que entienda tanto el papel como la función de la emoción, en el aprendizaje y en la vida. Y es aquí donde emerge con fuerza la educación emocional, para ocuparse de todas estas cuestiones desatendidas por la educación formal.

La educación emocional tiene que ver con un conjunto de contenidos, dinámicas y herramientas diseñadas para contribuir al desarrollo de las competencias emocionales del alumnado: la conciencia, la regulación y la autonomía emocional, pero también la competencia social y las competencias para la vida y el bienestar.

Dicho de otro modo, la educación emocional se encarga de potenciar esas destrezas que hacen posible el afrontamiento de la vida en su conjunto, de una forma independiente y eficaz.
Así, la educación emocional está comprometida con desarrollar las competencias que contribuyen a manejar las emociones, esas fuerzas, invisibles e intensas, que nos arrastran hacia decisiones totalmente inesperadas. Y es que, ¿cómo será posible acertar si no aprendemos a regularlas? ¿Cómo vivir en equilibrio y armonía sin la capacidad de conocerse, identificar lo que nos pasa por dentro o relacionarse?

María Montessori defendía que el ser humano nace con un claro potencial por desarrollar y que la función de quién educa no es otra que la de acompañar a niños, niñas y adolescentes en su proceso de crecimiento; en su aprendizaje, madurez y evolución. En esta línea, como defensa de una educación libre, la educación emocional aspira a convertirse en ese elemento imprescindible de la nueva escuela. Pues consiste en una educación que, por fin, da respuesta a las necesidades auténticas de la infancia y de la juventud. Una educación que prepara para la vida, permitiendo a las personas aportar lo mejor de sí mismas, y además, poniendo sus capacidades al servicio del bienestar tanto personal como colectivo.
Como se decía al principio, la vida es pura emoción. Busquemos pues la forma de darle el lugar que se merece, educando para ser y para sentir, además de para saber.

En la época contemporánea ya no podemos entender la educación sin hacer referencia a la emoción. Porque ahora, más que nunca, sabemos que la educación emocional forma la ecuación perfecta para una vida plena.

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